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13 de agosto de 2007

Panorama de actualidad

De la reiteración al hastío media tan sólo un trecho, lo suficientemente profundo para albergar en él todos los pecios que dan fe del naufragio. Pues allí donde se levanta la decepción, muchas cosas se hunden y unas pocas se avienen a certificar lo que fue.
Digamos, por no hablar de vaguedades, que me estoy refiriendo a la información, un binomio que integran, por un lado, lo noticiable, los sucesos de cada día, y, por otro, los medios informativos, las empresas y los profesionales encargados de elaborar la noticia y ofrecerla a la sociedad.
La vida, en nuestra era, no puede concebirse sin noticias. Milenios lleva el hombre tratando de saber lo que ocurre en el mundo antes de que la historia lo archive en sus anales. Conocer lo que ocurre en el acto, eso es la actualidad, un concepto tan familiar y manoseado, que ya nadie recuerda lo que la humanidad ha pagado por tales primicias. El heraldo de Maratón corrió en escasas horas cuarenta kilómetros, llevando sobre sus hombros la noticia de una victoria crucial; cuando la puso en manos de sus destinatarios, murió. No fue el único, desde luego, y otros muchos corrieron la misma suerte, no sólo a cuenta de su celo informativo sino a causa de las insidias promovidas por quienes se sentían atacados por la verdad: los antiguos tiranos mataban al mensajero; los de hoy ametrallan a los cámaras, les disparan a bocajarro o les cierran sin más el periódico, que es una forma limpia de neutralizarlos, sin generar protestas excesivas.
Sin embargo, uno llega a dudar del sentido de estas y otras heroicidades, cuyos pobres resultados consisten en el más de lo mismo que abastece, hora tras hora, las mesas de redacción de los rotativos, las pantallas de los televisores y los miles de terminales, públicos y privados, que muestran el mundo a través de Internet.
Siempre el mismo menú: guerras, catástrofes, violaciones de los derechos humanos, hambre, pobreza, sufrimiento, adobados con salsa rosa, que es una necia fórmula para facilitar su digestión. Aburre, en cualquier caso, esa lluvia jupiterina de sucesos cantados, datos archisabidos y episodios más o menos previsibles, que inmunizan al receptor y acaban convirtiéndolo en un fastidiado testigo de la rutina cósmica, incapaz de asimilar críticamente los contenidos informativos y cada vez más reacio a adquirir compromisos con una realidad que percibe como espectáculo.
Vistos así los hechos, la actualidad más cruda es también la más cruda ficción; una mala película, en definitiva, con pésimos actores y sin ninguna gracia. A la hora del zaping, crece el número de los que optan por el bufón. Los habituales del género se me antojan impresentables. Pero hacen reír, y eso, quiérase o no, alivia lo suyo...     


© Del texto y la imagen:    
Domingo F. Faílde. Jerez, 2007.-