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20 de marzo de 2010

Tiempo de arrepentidos y biempensantes. El arte de desdecirse



Decíamos ayer, a propósito de Hypatía, que el criminal Cirilo, sin que conste mediara arrepentimiento, fue elevado a los altares, aunque sería su víctima quien alcanzase la gloria. Eran tiempos convulsos y el cristianismo, religión de Estado, una especie de pensamiento único para afrontar una crisis muy parecida a la de nuestros días y ahogar sus consecuencias en el túnel de la Edad Media. Se prohibieron los juegos circenses, las carreras de cuadrigas, el teatro, la libertad y, salvo en el paréntesis saludable del reinado de Juliano El Apóstata, se persiguió a filósofos, científicos, poetas; en suma, a todo aquel o aquella que se atreviese a pensar por su cuenta.    
Hoy, avisados por la historia, apenas se van viendo las orejas al lobo, los que, hace algunas décadas, condujeron al pueblo por derroteros de liberación, se desdicen y, más o menos explícitamente, declaran su acatamiento al sistema. Por lo que pueda pasar y, en todo caso, por no soltar la presa. Hace un año, aproximadamente, critiqué a Joan Marsé, el mítico autor de Últimas tardes con Teresa. Aquella novela llegó a convertirse en uno de los iconos de nuestra generación, que vio -vimos- en ella una crítica acerba de los vicios, corruptelas e hipocresía de las clases que optaron por acomodarse al régimen y vivir confortablemente bajo el paraguas franquista. Era además una historia cercana a quienes, día a día, nos tragábamos el acíbar de la frustración y ahogábamos el deseo en una brutal represión. Ahora, por obra y gracia del premio Cervantes, resulta que a nuestro autor se la traían al pairo las cargas de los grises, el Tribunal de Orden Público y la censura cinematográfica -por no extenderme en la enumeración de las muchas aberraciones de la dictadura- y que el hombre tan sólo quería follar. Lo demás son inventos de manipuladores, los del contubernio de Munich, los intelectuales a sueldo de Moscú, especialistas en sacar patilla, allí donde no hay pelo: Posiblemente eso me lleva a la búsqueda de belleza, a encontrar en la literatura un mundo de experiencias que no he tenido pero he soñado. Quizás sea el afán de sumergirme en un mundo de fantasía en el que la vida podría ser de otra manera lo que me ha llevado a escribir: la novela como réplica a la vida, a la realidad. Eso dijo.    
Para no irle a la zaga, también Ana Rossetti se despacha con contriciones por el estilo. Hace unos días, al término de un acto literario, un grupo de poetas y escritores estuvimos con ella, tomando unas copas. En un momento dado, como saliera a relucir su Devocionario, puso cara de mártir y deploró el mucho daño que le causara este libro, pues la gente, según ella, no se detiene a reflexionar que la poesía es ficción y le aplica lo escrito por su mano, tachándola de sacrílega (ningún progresista lo hizo), blasfema (ídem de lo mismo), anticlerical (otrosí) y ligera de cascos, cuando ella, educada en un colegio de monjas (lo mismo que yo), nunca se había propuesto molestar a la Iglesia (yo sí) ni poner en cuestión ningún dogma de fe. Sin embargo, su justa posición en nuestras letras se asienta en lo que, al cabo de los años, vendría a ser un equívoco que, desde luego, no desmintió en su día.     
Tengo la sensación desazonadora de que la tribu, los instalados en el pesebre oficial, siguiendo acaso alguna estrategia de márquetin, diseñada a socaire de una política cada vez más retrógrada, quisieran borrar su pasado progresista –cuando lo hubo- o, al menos, mitigarlo, reducirlo a pecadillos de juventud, a travesuras de universitario, a cancamusa de tunos complutenses…; y, a cambio de una escudilla de garbanzos, se afanan en demostrar, como en plena efervescencia del franquismo, que eran personas serias, de derechas de toda la vida, cuyos libros, de absoluta solvencia moral, se pueden leer con toda confianza y llevarse, tranquilamente, en el carro de la compra.    
Luego, al referir y comentar el caso, no falta, sino todo lo contrario, quien, en vez de analizar un pensamiento o explicar una conducta, se pone de parte de la estrella de turno, reputando agresión lo que es sólo una duda razonable. Y es que, en momentos de involución, conviene estar al lado de los fuertes. Actitudes de este y otro jaez por el estilo son el pan nuestro de cada día entre los mendicantes de la literatura, siempre a las puertas del reino, en busca de unas migajas.     
Y no abogo, como dirían los del Opus Dei, por la santa impertinencia ni la santísima puñalada trapera, extremos que poco o nada tienen que ver con una crítica honesta. Se puede y se debe ser diplomático, tratar de mantener modales y educación, cultivar la cortesía y buscarse la vida, manteniendo siempre la dignidad y la ética.    
Si el poeta se vende al mejor postor, si mezcla su palabra con el lodo, si en lugar de dispuesto se ofrece disponible, ¿qué esperanza nos queda? Sin poesía, tiene la humanidad sus horas contadas.
    
© Domingo F. Faílde    
Extramuros, a 20 de marzo de 2010.-

14 de marzo de 2010

Hypatía, memoria histórica del mundo antiguo, una señal de alarma para nuestra moderna civilización


Pocos pueden dudar a estas alturas de que Alejandro Amenábar es uno de los activos más sólidos del raquítico cine español. Un genio, por qué no, pues incluso en periodos de estiaje el talento se pone en evidencia, tanto más cuando algunos lo ponen en cuestión. Hay que serlo, en efecto, para arrojar a un mercado totalmente idiota una película de romanos –como antaño se les denominaba-, cuando la demanda pone sus ojos en cuentecitos seudofuturistas y otras niñadas para todos los públicos.    
Se objetará que Ágora no es una película de romanos, a imagen y semejanza de las que alude Joaquín Sabina en una conocida canción, y es verdad. De griegos, a lo sumo, pero no sería cierto tampoco. Con independencia de que la acción transcurra en el siglo IV y se base en sucesos históricos, nos hallamos ante una cinta ágil e inteligente que, sin apenas conceder reposo al espectador, lo traslada a la vieja Alejandría para hacerle viajar mucho más lejos: a la memoria histórica.    
Los orígenes del cristianismo, mitificados incluso por comunidades que se definen como progresistas, necesitaban este baño crítico. Acostumbrados al martirologio, daba la sensación de que los buenos militaban en la facción de la fe y los malos en la del paganismo, con todas sus secuelas infernales: el pensamiento libre, la tolerancia moral y la ciencia. Frente a esta imagen, clásica, a fuerza de insistir en los iconos ejemplarizadores del catolicismo más rancio, Amenábar propone la figura de una mujer singular, Hypatía, filósofa y científica alejandrina, inscrita en la tradición neoplatónica, cuya fidelidad a sus propios principios, contrarios al oscurantismo cristiano, le granjeó la inquina del patriarca Cirilo y de sus seguidores más fanáticos, los parabolianos, mitad monjes, mitad soldados, que constituían, de hecho, una especie de guardia pretoriana, al servicio del obispo integrista.    
Integrista, sí. Subrayo esta palabra porque Alejandro Amenábar, al caracterizar a este personaje, nos ofrece un retrato que, desgraciadamente, se ha hecho popular en nuestros días, ya con el rostro de Jomeini, ya con la faz de Ratzinger o, en latitudes más próximas, Rouco Varela. Y es que Ágora –palabra que se puede traducir como parlamento o tribuna libre y sugiere las ideas y los valores de discusión y diálogo democráticos- proyecta en las pantallas una señal de alarma, avisando de los peligros que se ciernen sobre el mundo civilizado y el final que le aguarda a merced de lapidadores de toda índole, dispuestos a aplastar la libertad, la igualdad, la cultura, y ponernos a todos de rodillas ante un nuevo poder político y económico, dimanado de la globalización. La figura invisible del siniestro Teodosio II parece señalar a otros líderes más recientes, meros ejecutores de un poder superior, que se ejerce en la sombra.    
Hypatía, acusada de impiedad por quienes ni siquiera estaban legitimados para hacerlo, murió desollada, no lapidada. Las piedras que se arrojan contra ella en las últimas escenas de la película poseen un carácter simbólico: Así trata la vida a los que sueñan, escribe Dolors Alberola en un poema sobre esta extraordinaria mujer, y así trata, en efecto, el integrismo a la ciencia, al pensamiento, a la libertad. También a la mujer, obligada a ocultarse bajo un burka o considerada por el judeocristianismo como fuente de perdición y antesala del infierno.    
Al furor del liberticida, opone la maestra los valores de tolerancia, fraternidad y pacifismo, frágiles, a fe mía, demasiado frágiles como para resistir la embestida de la bestia. A todo esto, ¿el pueblo dónde está? Desmovilizado y embrutecido, queda a merced del viento, ya sople desde el árido desierto, ya desde el mar.    
Cirilo fue elevado a los altares. La gloria, sin embargo, se ciñe a la cabeza de Hypatía.  
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© Domingo F. Faílde
....Extramuros, 14 de marzo de 2010

12 de febrero de 2010

De los vientos variables en la literatura, la perfidia como sistema y una frase de Julio César


Ay, este mundo de la literatura… No me refiero, claro, al acervo textual que certifica la existencia de aquella, sino al turbio hormiguero de cuantos, como las moscas de Esopo, tratan de aterrizar en el pastel, buscando a toda costa los laureles del Dante.    
A toda costa, claro. Recuerdo una película, Bailad, bailad, malditos, que viera, ya hace años, en cualquier cine-club, cuando los temas bajo sospecha o las imágenes escabrosas encontraban abrigo en esos espacios bajo control que, a cambio de tolerancia, brindaban al franquismo una coartada de liberalidad y una lista de opositores. La cinta, ambientada en los duros tiempos de la gran depresión, relata la historia de unas parejas que, sumidas en la indigencia, se inscriben en un concurso de baile, cuyo premio en metálico ganará la que más aguante sobre la pista: horas, días…, resistiendo el mordisco del hambre, las ganas de orinar y todo lo que haga falta. Imagínese el resto: bailarines que caen fulminados, otros que se baten en retirada, los listillos que ponen zancadillas a sus competidores… Y la música sigue sonando en la que, más allá de las apariencias, es una danza macabra, mientras la ficción del glamur no logra contener el genuino aroma del certamen: la mierda.    
A estos danzarines, dígase en su descargo, los empujaba el hambre, y allí donde escasean los recursos fundamentales, puede excusarse la dignidad. Sin embargo, ¿qué decir de los arribistas, de esa grey de poetetes de baja estofa, con gazuza de medro y afán de conseguirlo como sea? Cuando a alguien las piedras se le convierten en pan, no resulta difícil aventurar que ofrecieron el culo y se postraron ante la abyección.    
Vuelve a la carga Judas Iscariote, cada vez que una beca, un premio, una lectura en Villacoños de Arriba, dos poemas en una antología o, por supuesto, un libro, aunque no lo lea nadie, ponen en marcha el mecanismo de la traición y, sin que medie el beso desleal, el fementido aspirante al Nobel arroja a sus amigos al cubo de la basura y a su madre al arroyo, si fuera preciso, con tal de complacer al motor de sus éxitos. Luego, si alguien pregunta por antiguos afectos y certezas prescritas, por rebasar a Pedro, negarán treinta veces y tornarán a hacerlo cuando, misión cumplida y objetivo alcanzado, una nueva perfidia sea la llave de acceso a mayor lucro.     
Guárdate de los idus de marzo, Julio César, y líbrente los dioses de esos trileros de la literatura, que siempre se reservan un as en la bocamanga o un repóquer completo bajo las bragas. Aléjate de ellos, pues si romo es su verso, afilada y punzante la hoja de su cuchillo. Déjalos que prosigan su camino. Bienaventurados, sí, los mediocres, porque suyo será el botín.   
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© Domingo F. Faílde.-

21 de enero de 2010

DIVAGACIONES BAJO LA LLUVIA


Abyla, Djëbel Musa… ¡cuántos bellos recuerdos me acercan esos nombres! Como siempre, el Mediterráneo, ejerciendo de hilo conductor, presente en casi todas las historias que tienen como escenario una cualquiera de las dos orillas.
Ayer, sin ir más lejos, hojeé la correspondencia de don Manuel de Falla y me llamó la atención una misiva de María Lejárraga –mujer y negra de Gregorio Martínez Sierra-, calificando de espantoso el trayecto entre Algeciras y Tánger, en un vapor de hace casi cien años, imagino que similar al que, en los cincuenta, unía Asilah con la Península.
Espantoso, el Estrecho, si el mar, embravecido, levanta olas tan altas que los barcos parecen engullidos por el agua, salen a flote luego y coronan las espumosas cimas. Yo lo he vivido y, desde aquella terrible travesía, no tengo miedo al mar, aunque no hay que fiarse de su mudanza ni de los elementos que lo soliviantan.
Allá por la Edad Media, según una crónica meriní, la llegada del otoño comportaba la suspensión del tráfico marítimo entre África y al-Ándalus y, en consecuencia, de las operaciones militares. El viento de levante jugaba así en la historia su partida e ilustraba a las venideras generaciones acerca de sus hábitos eólicos, vigentes hasta nuestros días.
Lo peor, sin embargo, sucede cuando el viento sopla, sesgado, desde el SE o el SO, el llamado viento del moro o, más popularmente, surestá, el primero, o vendaval, de efectos devastadores. Los naturales de al-Yazirath-al-Hâdra tienen un refranillo que dice: Cuando con levante llueve, hasta las piedras se mueven. No me sorprende, pues, el temporal que, en días anteriores, ha asolado la zona, muy parecido al que viví a mediados de nos noventa, que, en espacio de dos o tres días –también en enero- llenó hasta rebosar el pantano de Charco Redondo, seco, tras un periodo de extenuante sequía.
También llueve en Jerez de la Frontera, de modo que la gente, empujada por la inclemencia al interior de sus habitáculos, no turba con su jácara el sosiego de nuestra biblioteca. ¡Bendita sea la lluvia bienhechora! Tiemblo, no obstante, barruntando el final del diluvio y la vuelta del gentío a calles y plazuelas.
Y eso que no me logro sino poco de tan benéfica coyuntura, espoleado por insolubles problemas y el alfanje de la melancolía. No me faltan ideas, que acuden a mi mente con profusión, sino empuje. Soy incapaz de hacer cosa alguna, acaso convencido de que la muerte cercenará, y no tarde, cualquier proyecto. Como dicen los castizos, ya está todo el pescado vendido (que suena más amable y familiar que Consumatum est! y no corro el peligro de que Jesús me reclame derechos de autor).
El mazazo de Haití ha puesto en evidencia a la poesía. Demasiadas mentiras, excesivos remilgos, pura y dura impostación. Los gritos de dolor no conocen idiomas ni precisan palabras bruñidas por la lluvia. Cuando llegan al cielo, sucede que no hay Dios.
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© De la imagen y el texto:
Domingo F. Faílde,
21 de enero de 2010.-

25 de julio de 2009

¡EL SIGUIENTE! - PERSONA Y SOCIEDAD DE CONSUMO. UNA REFLEXIÓN



Hay voces que se clavan en el alma. Unas, hablan de amor, amistad o ternura; otras, por el contrario, son un libro de historia y llevan como a fuego una larga costumbre de rencor, de desprecio, de toda la negrura que pesa sobre el hombre y le impulsa a la destrucción.
Hay voces, en efecto, que te arrancan la piel y te dejan desnudo, indefenso ante miles de garras que amenazan con destrozarte y arrojar por la borda de un buque fantasma la máscara dulcísima que nos hace pasar por personas, criaturas singulares, seres irrepetibles, sin cuyo aliento el mundo se rompiera.
Son las voces de mando, los insultos, las amenazas, y las hay estridentes, desapacibles, ásperas, destempladas o tan sólo desagradables. Pero están ésas otras, tan frecuentes y familiares, que casi no se advierten, tal vez porque pasaron a la alacena oscura de la memoria y encontraron allí más fantasmas, más sombras inclementes con las que aparearse.
Es el caso de un clásico de antaño, todo un superviviente de las peores épocas, cuando la dignidad era una fila hambrienta y la vileza un grito, un informe alarido que ordenaba: ¡El siguiente!, y así, uno por uno, silenciosos, anónimos, sin rostro, desposeídos de su ayer y privados de un mañana imposible, desfilaban los parias de la tierra, sin que la opacidad de sus ojos perdidos delatase la meta de tanta amargura, ya el seno hospitalario de la fosa común, el oprobio nutricio de la sopa boba o un trozo de jabón contra la sarna, es igual: siempre la misma hilera o un corrillo expectante y la voz del sicario, mensajera del fin del mundo.
¡El siguiente!, es decir, uno más, sin importar quien sea. Uno más, entre muchos que no valen nada. Puede ocurrir que alguno haya muerto mañana. Es igual: a la voz de ¡El siguiente!, alguien responderá con su presencia incógnita, su paso apresurado, su inadvertida insignificancia. Eran así las colas de racionamiento y las consultas del Seguro de Enfermedad.
Hoy, cuando aquella voz dormitaba en el sumidero de las pesadillas, se despierta ante el mostrador de mi panadero, con el timbre chillón y profesional de una aprendiza descarada e imperturbable, que ni siquiera obtuvo el Graduado Escolar. Te mira la muchacha, responde con zalemas, con halagos te coge los dos euros y los sepulta en la sofisticada registradora. Adiós, hasta mañana, tenga usted buenos días, le dices. Pero ella te ha borrado de la pantalla: ¡El siguiente!, conmina, con sus ojos helados. Y tú te vas pensando en que no somos nadie, salvo aquel par de euros que quedaron en caja, y se te pone cara de vaca lechera, de una vaca lechera exorbitante a la que ordeñan sin descansar.
En eso has acabado, me digo. Pero soy, simplemente, uno más en la fila de los consumidores. Antes se nos llamaba clientes y, en apariencia al menos, éramos respetados. Ahora, ya lo ven, tropilla de infelices a quienes se soporta tan sólo por el gasto.  


.© Domingo F. Faílde  
Extramuros, 25 de julio de 2009.-

11 de mayo de 2009

DÍAS DE FERIA Y ROSAS. ALGUNAS CONSIDERACIONES DESDE LA DISIDENCIA


¿... Y os dije que, en Jerez, ha estallado la feria? Ah, ciudad portentosa, que, antes de que Jesús abandone el chupete, anda por esas calles flagelándolo, escarneciéndolo, ciñéndole las sienes con espinas y exhibiendo su torturada desnudez, pendiente de los clavos, en la cruz. No sin haber pasado, desde luego, por la farsa del carnaval y la fanfarria desafinada del día de la patria andaluza, merecido homenaje a los sayones y a quienes, a paso de costalero, acabarán repartiéndose nuestros vestidos: Padre, perdónalos, porque saben perfectamente lo que se hacen.
Pero esta ciudad de sacristanes, devota de Frascuelo y de María -los poetas como Machado rara vez se equivocan-, hace honor a su industria, de festín en festín. Ahora llegó la hora de la feria, la hora de la sangre de los toros -la del humo de los altares es un virus latente, hasta la próxima procesión-, hora de farolillos y faralaes, de tinglados carísimos a precios populares -quise decir afines al PP-, de baile por sevillanas, de calles del infierno -como si las de siempre no fueran ya infernales con todas las de la ley-, hora de aparentar, de lucir más rumbosos que el vecino... En fin, la apoteosis del Barroco, el gran teatro del mundo. Luego, cuando los decorados, la casposa escenografía de la diversión por decreto, sean tan sólo un sucio montón de desperdicios, volverán las banderas victoriosas, al paso de la oca que le marquen las hipotecas, el paro, la nueva miseria y la nueva gripe -todo es nuevo, cuando se trata de refundar el capitalismo-, la amenaza del despido porque sí, porque lo manda el menda, la corrupción, la droga, los grafitis, la mugre, la ignorancia y el patio de Monipodio.
No hay dinero, quién lo diría al ver tanto derroche, tantas ganas de jolgorio, tanto tirar de cartera. Pero lo cierto es que no lo hay, que el dueño de un restaurante de campanillas, de esos de reservar mantel y mesa con dos meses de antelación, se quejaba de no haber servido más allá de un menú a mediodía; que, en cosa de tres meses, he visto echar el cierre a montón de establecimientos; que el veinticinco por ciento de la población mal llamada activa no tiene un cochino trabajo que llevarse a la boca; que el edificio del bienestar, tan denostado por los que ahora pretenden que el tesoro público les reflote sus bancos, comienza a tambalearse, como sacudido por un sunami; y que el agua nos llega al cuello.
No entiendo nada, amigos, y por eso os remito esta carta marrueca, en demanda de alguna explicación. Debo ser extranjero. En mi país -la isla de Utopía- , ya habríamos fusilado al gobierno y la oposición, a los patronos de la patronal y a algún sindicalista que no lo tiene claro. Menos mal que en mi patria no tenemos perrito que nos ladre ni Dios ni amo ni CNT. Ni fusiles, faltara más. Ni crisis, por supuesto. Ni procesiones de Semana Santa. Ni corridas de toros. Ni liga de campeones. Ni grandes superficies. Ni gestores culturales. Ni cáncer.
Pero la vida es un sueño y los sueños, sueños son.  


© Domingo F. Faílde  
Extramuros, a 11 de mayo de 2009.-

1 de mayo de 2009

SUEÑOS, ENSUEÑOS Y MEDITACIONES PARA CONMEMORAR EL 1 DE MAYO



Ah, los políticos...! Bien se ganan el pan de cada día y esos pluses que, el de mañana, consolidarán el desclasamiento de los tiralevitas de izquierdas y acrecentarán la fortuna de los buitres de la derecha, tras habernos vendido los primeros y succionado, los otros, hasta el último hematíe. Y Dios, que es del PP -ahora, con la vejez, ha democratizado sus impulsos-, colabora con ellos de buen grado y, por no dejar de embustero al evangelista, suelta a la caballería: pandemias, terremotos, guerras, plagas, hambrunas... Es su oficio. Entre todos, nos joden. Ya lo dije en un poema: no toleran los dioses la felicidad de los hombres. La historia se repite. El apocalipsis, también.
El caso es que hoy, en México, nadie saldrá a las calles para exigir trabajo y justicia. En España, algo menos desdichados, quienes no se escondieron bajo la cama serán empujados hacia las playas, subirá la gasolina y seguirán creyendo que el sistema funciona. Todo va bien, faltara más: lo peor de la crisis ha pasado -pontifican Obama y Zapatero-, pero los datos macroeconómicos -los demás, los que pueden palparse a pie de calle, son mucho más elocuentes- ahondan en el abismo de la recesión. ¿Qué se estará cociendo en el G20? ¿Hasta qué siglo o era nos llevarán, marcha atrás?
El panorama, a despecho de la Bestia televisiva, empeñada en vestir de rosa a la hecatombe, se me antoja dantesco, sí, más dantesco que un Dante para quien el Infierno, más que cámara gótica o mazmorra guantanamera, es el símbolo del dolor espiritual, ese dolor vacío que quema las entrañas e hiela el corazón, mientras el propio llanto se convierte en puñal. Es el apocalipsis, vaticinan los timoratos, que no leyeron nunca dos páginas de historia. Esto es la consecuencia del divorcio entre el hombre y el medio natural, aseguran los defensores del dogma de la infalibilidad de la ciencia.
Y, si he de ser sincero, voto al apocalipsis. Prefiero que se caigan las estrellas a tener que seguir aplaudiendo tanta mediocridad. Que se desborde el mar, pero que en él naufraguen esos desalmados, para quienes se hicieron triunfos, riquezas y galardones. Y cuando llegue el día D, hora H, en los llanos de Armagedón, pues mira, que Dios reparta suerte y que gane el mejor. Acaso nos llevemos una sorpresa.
La vida nunca fue buena ni noble ni sagrada. Ya lo escribió García Lorca. Y yo, modestamente, contra viento, marea y sordina, no he cesado de proclamarlo. Ahora, en el último tramo de la edad, lo único que lamento es mi cobardía, no haber sido capaz de saltar en marcha y escribir con mi muerte, si hubiera sido preciso, el testimonio de mi coherencia. Como el Ché, como Gandhi, como Jesús.
Pero soy, simplemente, un poeta y, parafraseando a alguien, cuyo nombre no puedo oír -ni pronunciar- sin escalofrío, tengo tan sólo sueños.      


© Domingo F. Faílde  
Extramuros, a 1 de mayo de 2009.-






La carga

En blanco y negro el cielo de esos años,
Einsestein, con su cámara,
rodase en cualquier sitio la barbarie:
una calle, una plaza, una esquina cualquiera;
sobre todo, los templos del saber
y el aroma a jazmines
que desprende, desnuda, la libertad.

De todas partes acudían rebeldes,
por todas partes se sentían consignas,
en todas partes, como una nebulosa,
la espiral de la voz que quiere ser oída,
la espiral de la mano que otra mano requiere,
la espiral del latido
que busca un corazón en que anidarse;
y allí el mapa vertía sus rosales
y era joven de pronto la mañana,
allí, en la escalinata torturada de Odessa,
una calle, una plaza,
una esquina cualquiera de la ciudad.

De todas partes emergían serpientes,
por todas partes se esparcía el veneno,
en todas partes, como un rayo oscuro,
el vergajo, la muerte,
cercenando la luz: era la policía,
allí, en la escalinata torturada de Odessa,
una mañana gris del mes de octubre
o una tarde de enero; fue tu vida,
los años que perdimos o se fueron a bordo
del viejo acorazado Potemkin.     


(De La sombra del celindo. Jerez, EH, 2006)