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27 de junio de 2010

ALGUNAS REFLEXIONES EN TORNO A UNA CARTA DE CARLOS GUERRERO


… en mas de vienticinco siglos los humanos no nos hemos movido del sitio, me dices. Y dices bien. Has dado en la diana y -¡bienvenido al club de los visionarios!- también has recibido la inquietante revelación que, hace ya quince años, plasmé en este poema:  


FUEGOS DE CAMPAMENTO  

LLEVAMOS mucho tiempo cabalgando.   
Atrás hemos dejado  
reinos, ciudades, hombres,  
y hemos dejado un rastro de sangre  
y de sombra.    

Mucho tiempo: el viaje  
es largo y se sospecha   
que estamos dando vueltas, como buitres  
en torno a la carroña   
de nuestros propios cuerpos.  

Años, siglos, milenios, glaciaciones,    
kilómetros y millas, sin movernos del sitio   
donde nacen y yacen nuestros cadáveres.    

Cuando al fin nos hayamos devorado,   
podrá Cronos, dichoso,   
dormir su siesta eterna: la memoria   
o el sueño   
donde habitan los monstruos   
que escriben la historia.   

(de La noche calcinada. Almería, Batarro, 1996)  


Se trata, ya lo ves, de congelar el tiempo, la historia, rizando el rizo de lo imposible, pues la voz lírica, como ves, queda fuera del tiempo y el espacio y, emplazada en ¿la eternidad?, toma este extraño daguerrotipo. No hará falta te cuente que tan sólo unos pocos iluminados comprendieron la terrible parábola y llegaron, por otra parte, a la conclusión –ya enunciada por Aristóteles- de que la poesía tiende a representar lo universal y la historia lo particular. Quienes viven a costa de la última, pusieron el grito en el cielo. Los poetas que llamaremos serios, por llamarlos de alguna manera, se pusieron a cavilar.  
Tienes razón y, en otro orden de cosas –que es el mismo- haces buena una frase de Nietzsche, de esas que uno puede adoptar como lema: Sólo al atardecer levanta el vuelo la lechuza de Palas. Indiscutible, ¿verdad?     
Pero el mundo no está para preguntas y, habida cuenta de las circunstancias que nublan la actualidad, podemos comprenderlo y disculparlo, aunque sepamos a ciencia cierta que nunca habrá respuestas donde antes no hubo preguntas. Por eso, los profetas predicaban en el desierto.   
No podía ser de otro modo, si tenemos presente que la sordera es el escudo de los políticos. Por eso los troyanos no oyeron a Casandra ni los republicanos españoles a Ortega y Gasset, mientras Adolfo Hitler se encerraba en su tumba para no oír el ruido de las bombas. Si la política, que es el folleto de instrucciones de las sociedades humanas, aborrece la poesía (non debent togati iudices a Musarum honore et a poetarum salute abhorrere, escribió Cicerón en su Pro Archia), se retrocede a la animalidad y, carentes de rumbo y utopía, regresamos a la ley de la selva, al imperio de los instintos –que no de los sentidos, proveedores, al fin y al cabo, de experiencias para el conocimiento-, cerrando así un peligroso círculo, que otra cosa no sea el apocalipsis: un genocidio absoluto o un suicidio universal, que viene a ser lo mismo.   
Creo, también, que, en este tiempo nuestro, la sordera se ha generalizado. Sordos son los políticos, acabo de decirlo –y el Sr. Zapatero es el mejor ejemplo-, pero sordos también los gobernados que, abdicando derechos y responsabilidades en beneficio de sus gobernantes, no ven, no oyen, no sienten y consienten cualquier tropelía, con tal que los dejen hozar en paz. Somos un muro, pues, unos y otros, contra el que reverbera la luz, sin traspasarlo. Advertimos acaso el resplandor, pero andamos sumidos en las tinieblas, como los ciegos de Saramago.    
La gente, en su egoísmo, quiere tranquilidad y exige esperanza. Se enaltece lo positivo, pero se oculta o ignora la propia negatividad. Como enseñó Platón en sus últimos años, el pueblo quiere halagos porque no se acomoda a la verdad, y éste es el territorio, el espacio vacío que ocupan los políticos, su coto de caza. Entre unos y otros, incubamos el huevo de la Bestia.    
Bendito el vientre que no concibió y los pechos que no amamantaron, dijo el rabí Jesús y no parece que, de momento, se despeje el enigma de estas palabras. Ni seré yo, desde luego, quien, sumido en la fiebre trivializadora que nos sacude, las vista de faralaes. Pero en esta advertencia hay poesía, religión –que no dogma-, progresión al misterio. Y, volviendo al poeta, ¿acaso nuestro reino es de este mundo?   
Puede que no lo sea, pero no le es ajena la realidad –ya lo dijo Virgilio en un hermoso hexámetro-. Su defección apaga toda luz y deja el campo libre a los políticos y su enjambre de financieros, empresarios, propagandistas, mercachifles, esquiroles, burócratas… La política me produce asco. Y ahondar en la poesía mucho miedo.    
   
© Del texto: Domingo F. Faílde    
    Jerez de la Frontera, 27.06.10.-   
© De la imagen: Dolors Alberola, 2009.-

26 de junio de 2010

DEL OPIO DE LOS PUEBLOS Y EL EJERCICIO DE LA INTELIGENCIA


De Carlos Marx acá, el mercado de estupefacientes se ha diversificado. Ya no es sólo la religión, como tampoco la cocaína que, por entonces, se podía adquirir en las farmacias. Ahora, el opio del pueblo puede ser cualquier cosa, si altera la conciencia colectiva y conduce a la gente hacia la alienación. El Cristianismo, en todas sus vertientes, lo mismo que el Islam y las suyas, figuran todavía en el listado de sustancias tóxicas, cada vez más nocivas, cuanto más alejadas –en el caso del Cristianismo- del sentir general. El fútbol, desde luego, ha alcanzado en el ranking posiciones de privilegio, mientras los viejos oráculos se ven suplantados por Internet, los teléfonos móviles y la música de consumo. El dinero, por lo demás, siempre fue el dios supremo, al que incluso la Iglesia ha adorado sin ningún género de pudor.  
Preguntaron a Sócrates qué era un filósofo. Sin pensarlo dos veces, aparcó las solemnes definiciones y recurrió a la simplicidad con un símil: Mirad los juegos olímpicos –dijo-; unos, los atletas, acuden a competir, en busca de la victoria; otros, movidos por la ambición, esperan ganar dinero con las apuestas; por último, un reducido grupo va tan sólo a mirar el espectáculo. Éstos son los filósofos.  
Y digo yo, ¿no es esto lo que hacemos algunos de nosotros? Contemplar, sin embargo, no es la tarea pasiva que parece. El cerebro del que es capaz de hacerlo dista mucho de la pantalla de un cine, en blanco siempre, tras haber recogido en su superficie cientos y miles de historias. La mente va más lejos y graba en la memoria esas imágenes, que, después, el entendimiento, procesa; es decir: analiza y valora, conforme a unos parámetros previamente, a su vez, analizados y valorados.    
¿En qué momento de la secuencia irrumpen los factores alienantes? ¿Qué nos torna propensos a caer en sus redes? ¿Cómo puede atrofiarse una conciencia, hasta incluso anularse, siendo ella el testigo de nuestra identidad? No lo sé, pero es frágil la llama que lleva nuestro nombre y muy fácil soplarle desde el yo, más inclinado a los halagos del exterior que a las señales de alarma de la propia autenticidad.    
Nos volvemos venales. Lo mismo que Esaú vendió a Jacob, su hermano, la primogenitura por un humilde plato de lentejas, el hombre-masa de nuestros días -¿y quién no lo es?- vende su dignidad, vende su libertad e independencia, vende su pensamiento, sus sentimientos, sus deseos más íntimos, sus derechos fundamentales, en la plaza de un mundo que se ha convertido en inmenso mercado, donde unos, los más, venden todo, y otros, los menos, adquieren a precio de ganga lo más sagrado del ser. Un ser, naturalmente, cegado por el brillo de la chatarra y engullido por las sirenas que, a ritmo de salmodia, rap o marcha –militar, por supuesto-, los conducen a la hecatombe.    
Ulises, avisado –se deduce de ello que estaba en posesión del conocimiento-, actuó sabiamente, taponando con cera los oídos de la marinería y haciéndose amarrar al palo de la nave. Las sirenas cantaban, desde luego, pero ni el timonel ni los remeros podían escuchar sus seducciones, no más fuertes que los lamentos del capitán que, dispuesto a rendirse, chocaba contra el muro de la sordera, que a todos salvó. Es posible, por tanto, librarse de esta peste contemporánea, que nos convierte en zombis y acaso la vacuna, más que en cadenas y trabas, consista en lo contrario: cultivar el conocimiento, anhelar la sabiduría y ejercitar continuamente el aprendizaje que nos ponga en camino de acceder a la luz.   
Habrá que cuestionarse todas nuestras creencias, rescindir el contrato que firmamos con la molicie y tomar, de una vez, las riendas de nuestra vida, antes de que tiranos sin escrúpulos nos vendan elixires fraudulentos y se nos caiga el pelo. El mundo está lleno de tales vampiros y corren hacia ellos ríos de sangre. ¿No seremos capaces de desenmascararlos? ¿No tendremos valor para abatirlos?     
Si seguimos la senda que nos trazan y seguimos, como corderos, al dueño de la manada, rectifique la ciencia sus conceptos. Quizá la inteligencia sea el bien más escaso, como dicen del agua.    
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© Domingo F. Faílde, 2010.-

14 de junio de 2010

CONCEPTOS, NOMBRES, TEXTOS, PARA UNA REFLEXIÓN ESENCIAL



Fue el filósofo inglés Guillermo de Ockham quien, en las primeras décadas del siglo XIV, sostuvo, frente a escolásticos y otras corrientes, la inexistencia de los conceptos universales, que sólo serían nombres y simplemente nombres, con todo lo que ello habría de suponer para la posteridad.    
Pensaba en estas cosas cuando, por un azar, tampoco tan azaroso como el mero concepto nos hace suponer, cayeron en mis manos dos, tres antologías, que, al margen los criterios selectivos de cada una, incluían el nombre de Dolors Alberola, fundamental para mí y, a juzgar por el subtítulo de la más reciente, esencial, en igual medida, para la antóloga.   
La esencia, según Ockham, no es algo que compartan la totalidad de los seres. Vistas así las cosas, y hablando –en este caso- de mujeres, la esencia de Alberola es sólo de Alberola y la de Currita del Corral es sólo de Currita del Corral, ¿nos vamos entendiendo?   
Y es que resulta fácil, como cualquier simplificación de usar y tirar, referirse a poesía femenina, a mujeres que escriben, a voces importantes, a qué sé yo: un montón de generalidades de cualquier índole, sostenidas por muchas columnas que, en abstracto o en román paladino, tienen nombre y apellidos, documento de identidad, biografía personal, trayectoria literaria y, desde luego, obra, pues solamente el texto sostiene a los nombres que, sin tal fundamento, serían pura ficción o, digámoslo claramente, flagrante usurpación.    
A despecho de los ninguneadores –esa fauna tenebrosa que tanto prolifera en las letras hispanas-, un nombre no se crea de la nada, sino que corresponde a una realidad. Así, Ana Rossetti, es Indicios vehementes, Devocionario, Apuntes de ciudades, Virgo potens, etc.; Juana Castro será Cóncava mujer, Narcisia, Arte de cetrería, Los cuerpos oscuros, etc., etc.; y Dolors Alberola, Cementerio de nadas, El medidor de cosas, Arte de perros, Del lugar de las piedras, y otros etcéteras. Suma y sigue. ¿Hay quien dé más? ¿Hay quien pueda ocupar el sitio de las nombradas y de las que omito por no hacerme pesado?  
Es muy fácil restarles importancia, regatear unos gramos de mérito con modos de hortelano, echar una cortina para que no se vean, pero ahí están los textos, firmes como cariátides, sosteniendo la esencia del ser.  
No seré yo el que afirme que en una antología está todo dicho. Siempre queda alguien fuera y es de rigor ejerza su derecho a reclamar su plaza, amparándose en hechos. Siempre lo he defendido. Pero quien quiera derribar un muro, hágalo con razones, fuertes como otro muro. O calle para siempre.  
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© Del texto y la imagen:  
    Domingo F. Faílde, 2010.-

27 de mayo de 2010

DE LA INOCENCIA Y LA FELICIDAD. CASI UNA METAFÍSICA



Ay, la felicidad… Mucha razón tenía Noam Chomsky cuando hablaba de la capacidad de generar lenguaje que, según él, caracteriza a los seres humanos. Porque, volviendo a aquella palabra, hay que ver la imaginación, inventiva y, en suma, genialidad, que requiere un concepto tan impensable, tan inimaginable, tan inconcebible. Pero el término es lo de menos: beatitudo, en latín; eudaimonía, en griego; happiness, en inglés…, qué más da. La cultura, en última instancia, no es sino un diccionario del despropósito. Buda, Jesús, Santa Claus, personificaciones de la inocencia.    
Pues no me negaréis que hace falta inocencia a manos llenas para reconocer, en una constitución como la yanqui, el derecho del hombre a la búsqueda de la felicidad. O cinismo, que viene a ser igual, pero en el lado oscuro de la fuerza. Así, mientras los pobres buscan y buscan, linterna en mano, por los rincones, los ricos disfrutan sus sucedáneos, pues no a otra cosa alcanza el dinero.  
Inocencia y felicidad serían, sin duda, la esencia misma del paraíso perdido; y, si hoy existieran, Milton nos cobraría por un roce, una mirada boba o un buen polvo, los consabidos derechos de autor. Entre la serpiente y la SGAE hay solamente tiempo.   
Tiempo, ésa es la cuestión. Un tiempo que transcurre en dirección contraria a la inocencia, hasta el punto de que, si pudiéramos determinar con exactitud el punto de encuentro entre la edad del individuo y la total extinción de su inocencia, conoceríamos el día y la hora de su muerte. Por eso, los ancianos carecen de ilusiones; los suicidas, también.   
Todo lo que se mueve conduce al desengaño. Entre el principio y el fin, el combustible de la inocencia impulsa el motor de la felicidad. Pero aquella energía –la inocencia- tampoco es renovable ni, muchísimo menos, inagotable: cuando ha ardido la última gota, se para el corazón.    
Y aquí acaban los sueños, uno a uno. Bien lo sabía Quevedo, por más que alimentase la esperanza menos fundamentada, más allá de las pesadillas de la propia razón. Pues creer en la eternidad equivale a aplazar los efectos de un cataclismo, pero no el cataclismo en sí. Nada salvó de la decepción al Caballero de la Tenaza.   
Ay, la felicidad… El hombre es viejo, la vida es larga y el arte no importa. Sin duda, estos renglones sólo son tonterías, una sonsera de tres al cuarto, a años luz del brillante discurso que, al principio, me propuse escribir. Ojalá y, al comienzo, supiésemos en qué quedará todo y dónde y cuándo y cómo. Pero, si fuese así, nada sería.    
  
© Del texto y la imagen:    
    Domingo F. Faílde, 2010.-

18 de mayo de 2010

MÁS SOBRE ARREPENTIDOS Y BIEMPENSANTES. UN PASEO POR LA MEMORIA


Cuando yo era un chiquillo, pasaba muchas horas en el despacho de mi padre y él, para que no le interrumpiese con mis curiosidades, solía proporcionarme material de dibujo. Éste, por lo común, consistía en un lápiz y una revista con bastantes páginas en blanco, de la que, en una especie de alacena, tenía un arsenal.  
Sin embargo, lo que a mí me atraía de aquella publicación no era la abundancia de espacios a emborronar, sino la fascinación de unos hechos que ponían ante mis ojos la imagen fotográfica de mi propia ciudad, tal fuese un año antes de mi venida a este valle de lágrimas. Me encantaba corroborar que había vida ya entonces. Y, entre los rostros fotografiados, buscaba casi en vano las caras de parientes y conocidos, sus rostros en pretérito, que yo no conocí.  
Las fotos me llevaban en volandas a una ciudad volcada en el delirio: procesiones con cánticos al viento, hogueras avivadas con los libros prohibidos, penitentes haciendo público su arrepentimiento. Y, siempre, la mirada inquisidora de un clérigo, implacable notario de cuanto sucediera.  
1947. Santa Misión. Tras el paso de la hidra roja, había que borrar todas sus huellas. No bastaba el fusilamiento de los disidentes ni las largas condenas a presidio. Aplastados los combatientes y sus simpatizantes, el estado fascista y la iglesia católica decidieron barrer las conciencias y arrojar a las llamas cualquier brizna de heterodoxia, cualquier vestigio de insubordinación. Nada mejor que aquellos actos públicos para hacer aflorar lo clandestino o para que el culpable proclamara su retorno al redil. Así se congraciaron con el régimen algunos vergonzantes.   
Suele ocurrir, en tiempos de reflujo. La marea de la libertad deja, al retroceder, toda la arena expuesta al oleaje de la opresión. También, y sobre todo, en literatura, pues las palabras se las lleva el viento, pero lo escrito –como pontificó Poncio Pilato- escrito está. Y quien firma un artículo como éste, bien puede estar firmando su propia condena. El fuego, sin embargo, puede tachar las rúbricas y desdecirse en público conseguir el perdón de los tiranos.   
En esta misma página, publiqué no hace mucho un artículo titulado Tiempo de arrepentidos y biempensantes. El arte de desdecirse, que levantó, al parecer, algunas ampollas. Un año antes y en la misma línea, critiqué unas declaraciones de Juan Marsé, no menos sorprendentes que las que dieron pie al mencionado escrito. Hoy, recabando información sobre El cónsul de Sodoma, hallo varias entradas protagonizadas por la rabieta del laureado autor de Últimas tardes con Teresa. Pero, si su rechazo al film es absolutamente legítimo, sus palabras condenatorias suenan a la más rancia Inquisición: grotesca, ridícula, falsa, inverosímil, sucia, pedante, dirigida por un fallero incompetente y desinformado, mal interpretada, con diálogos deplorables. Es una película desvergonzada, de título infamante y producida por gente sin escrúpulos. Ya me dirán.    
Y es que, dejando a un lado la película y cualquier objeción sobre la misma, no puede un escritor beatificado admitir que, en el círculo donde saltó a la fama, se codeaba con homosexuales, consumidores de droga y otras gentes de vida disoluta, por más que fuesen de la gauche divine o precisamente por eso. El premio Cervantes y la bendición Urbi et Orbi, además de tener indulgencia plenaria, imprimen carácter.   
No tengo nada contra Juan Marsé, un magnífico escritor, cuyas obras sigo leyendo con devoción. Pero me alarman poderosamente su actitud, su acatamiento, su retractación y la enorme orfandad en que deja a quienes, algún día, cada vez más lejano, creímos en valores que la señora Sinde ha colocado al filo de la extinción.   
  
© Domingo F. Faílde   
    Jerez, 18 de mayo de 2010

8 de mayo de 2010

LAS RANAS. UNA VIEJA LECCIÓN*



En la Granada universitaria de finales de los sesenta, cuando los fastos del mayo francés, en estado latente todavía, hacían pensar a algunos que sus sueños eran la pesadilla de alguien, un grupo de poetas, náufragos del pasado, vivió la suya propia en las apenas restauradas naves de la iglesia de San Jerónimo.    
Corrían otros tiempos, desde luego, así como otras eran las circunstancias que congregaron a la alegre muchachada de aquella ciudad en torno a unos poetas, ni alegres ni muchachos, benditos en exceso y adocenados hasta la arterioesclerosis. García Nieto, Pemán y, en fin, un ramillete de imperiales violetas, llevaban en el lomo sus alforjas con un quintal de versos.    
No llegaron de incógnito, qué va. Y, mientras los heraldos de la fama pregonaban sus nombres en prensa y radio, en el terrible bar de Filosofía, por aquellos entonces sala de banderas de la más aguerrida contestación, comenzó a prepararse otro recibimiento.    
Sin saber cómo, cuándo ni de dónde, corría con el vino pesetero de Paco -que era, cuchicheaban, agente de la social- un libro pintoresco y revelador, la prueba contundente para el auto de inculpación que allí se estaba incoando. El Poema de la bestia y el ángel circuló corregido y aumentado, llenó carteles y hojas volanderas, fue pasto de panfletos y asambleas, de manera que el vate jerezano jamás imaginara masa tal de lectores, interesados críticos y minuciosos eruditos, que, en cuatro o cinco días, acotaron, anotaron, interpretaron, analizaron, destriparon y condenaron, golpe a golpe y verso a verso, aquellos cantos épicos, dedicados en letras de oro a Franco, José Antonio y Calvo Sotelo. La Inquisición, en sus mejores épocas, no exhibió tanto celo ni tuvo a su servicio delatores, instructores o simples testigos, tan exactos y diligentes.    
Llegado el día solemne, los modestos quiosqueros granadinos hicieron el negocio de su vida, vendiendo al por mayor y a buen precio un juguete en desuso, que, de la noche a la mañana, aquella juventud reivindicadora se empeñaba en recuperar. Tratábase, sin más, de un mínimo artefacto de hojalata que, con forma de rana, producía, presionando la parte posterior del objeto, una chirriante réplica de la voz del batracio, tan aguda como desagradable.    
Armados, pues, de anfibio, ocupamos el auditorio, a excepción, claro está, de los asientos reservados a autoridades y jerarquías, que comparecieron en uniforme de gala, en contraste inquietante con el progre desaliño de cuantos al combate nos aprestábamos: largos y mal peinados cabellos, barbas, bigotes a lo Iñigo, téjanos, cazadoras, alguna minifalda, y esos cientos de ranas infernales que, apenas iniciada la lectura, rompieron a croar, maleducadas, llenando con su estrépito las bóvedas y abordando, corsarias, los micrófonos, de modo tal que oyentes y radioyentes otra cosa no oyeran sino aquella mordaza sonora. Fuera, la policía, en su gris impoluto no sabía qué hacerse.    
Sus archivos, no obstante (por cierto, ¿qué habrá sido de ellos...?), guardaron amplia nómina de quienes, con el paso de los años, irían relevando a los de gala, nuevos padres de la patria, hijos predilectísimos, primos hermanos y demás familia: consejeros de la Junta, concejales y alcaldes de más de una ciudad, diputados, burócratas, pintores de renombre, críticos, editores, poetas, novelistas...; en fin, un pandemónium con visado para la historia.    
Había que cambiarla, nos decíamos. Emulando a Bakunin, nos disponíamos a dinamitar una cultura que, como Hamlet, apestaba a podrido: La imaginación al poder (menos mal). Engels, Marx, Lenin, Gramsci, Santiago Carrillo, eran el catecismo: Que florezcan mil flores y mil escuelas, escribióMao Tsé Tung...    
Con el advenimiento de la democracia, muchos de los que hablaban de dinamitar la cultura, tomaron posiciones bajo el manto del ministerio de la especialidad. Hay que dinamizar la cultura, aseguraban. Y para protegerla, limpiándola de nietos, pemanes o laínes, disidentes pasados, presentes y futuros, diéronse subvenciones, prebendas, sinecuras, ocupando al asalto prensa, radio, televisión, publicaciones, plataformas editoriales y otros foros, dispuestos a croar su verdad.    
Sus versos virginales, rebeldes, inflamados, se arrugaron muy pronto. La pasión juvenil, desveladora, fue cediendo su puesto a una ternura blanda y peliculera, que hace causa común con lo más sórdido de una cultura urbana mortalmente enferma. Y mientras, convertidos en gabinete de prensa y propaganda del fe tipismo, entronizan los mitos, santos, héroes, de un entorno autofágico y demoledor, aplauden las reformas salvadoras que, a no dudarlo, liberarán a las nuevas generaciones del peso muerto del latín, el ominoso lastre de la filosofía, el tedioso baldón de los clásicos, abriéndoles a cambio el paraíso de la informática, el horizonte aséptico de las tecnologías de vanguardia, el agujero de ozono, el mundo feliz de Huxley y la estupidez diplomada.    
Entonan las exequias de las ideologías, y acaso no carecen de razón, quizá porque la ciencia ejerce una rígida dictadura y deja menos espacio a la libre interpretación de los fenómenos. Sin embargo, se escuchan nuevas voces disidentes y surgen por doquier alternativas: se empieza a hablar de nueva medicina, por citar un ejemplo, mientras nuevos enfoques de la historia, la biología, la astrofísica, remueven poco a poco el rescoldo epistemológico de una sociedad instalada en la autocomplacencia.    
La utopía, en todo caso, sigue viva. Hoy, como ayer, Justicia, Libertad, Amor, Sabiduría, están lejos del hombre, llamándolo, incitándolo, poniendo ante sus ojos un referente cóncavo, ante el cual el presente es una zafia caricatura. El cosmos se nos hace cada vez más pequeño, mientras se abre y ahonda el abismo de la violencia, la intolerancia, la incomunicación y la insolidaridad.    
Son muchos los conceptos que nuestra humanidad neomedieval urge replantearse. Entre otros, la idea de poesía. La idea de poeta, en cualquier caso. Es el suyo mester de humildad, ajeno y aun contrario a la molicie funcionarial del vocero. Hay que recuperar la juglaría, el malditismo, la diferencia, apostando con la primera por el salto sin red, el riesgo imprescindible que la creación comporta. No es el despacho el reino del poeta sino los horizontes infinitos donde hierve la vida, plagada de misterios, oferente de gozos inexplorados, pletórica de retos.    
Y es preciso salirle al encuentro, aun dolorosamente, no para doblegarla o transformarla, y sí par a tomarla como un cuerpo adorado, fundiéndose en su carne y en su alma, confundiéndose en ella hasta arrancarle la fruta ardiente que llamamos poema.    
O puede que, muy pronto, escuchemos croar a las ranas.  
   
© De la imagen y el texto:
    Domingo F. Faílde, 2010

* Este artículo fue publicado en Papel Literario, suplemento del Diario Málaga-Costa del Sol, el 7 de mayo de 1995.

15 de abril de 2010

LIBERTAD VIGILADA. UN CAMINO HACIA LA OPRESIÓN


Del estado policial a la dictadura media tan sólo una delgada línea y no roja, como el título de una famosa película, sino negra, como la oscuridad, la terrible tristeza del cautiverio, la rotunda desolación de sentirse a merced del que manda, como un mono en el zoo. Pues no existe opresión más despiadada que estar siempre en el punto de mira, vigilado, observado, registrado en cada uno de nuestros movimientos, de nuestras emociones, de esos pequeños gestos que delatan sentimientos e ideas. En posesión del otro, nada nos pertenece. Los actores del “Gran Hermano” reconocen sufrir una rara transformación: acaso no lo saben, pero van, poco a poco, degradando su personalidad hasta convertirse en objetos vivientes, en quienes todo el mundo proyecta sus deseos, frustraciones o inquinas, criticándolos o alabándolos sin más razón, a veces, que la más aberrante, enfermiza subjetividad.    
Los autores del engendro, al convertir la vida en espectáculo, como aquel show de Truman que conmoviera a medio planeta, han transformado la intimidad del hombre en una jornada de puertas abiertas, con horario de drugstore y un despliegue de cámaras que, indefectiblemente, confluyen, como un río secreto y despiadado, en la pantalla del segurata o en la red controlada por alguna comisaría. Por su parte, las víctimas, en lugar de sentirse perseguidas, se creen protagonistas de la película de sus sueños y buscan ellas mismas el implacable ojo, dispuestas a inmolarle hasta el alma.    
Uno comprende, sin embargo, el riesgo que comporta la libertad. Quienes, en la otra orilla, se empecinan en conculcarla, siempre hallarán pretexto y ocasiones. Al igual que en el viejo Chicago, acribillado por los mafiosos, la gente pedirá protección y surgirá un mercado de la seguridad que, abastecido por intereses privados o móviles políticos, terminará abocando al ciudadano a un siniestro dilema: tranquilidad a cambio de ceder sus derechos a terceros, ya se trate de empresas, ya sea el propio Estado quien asuma el control de la población.    
Nos van acostumbrando lentamente. Uno pasea por el centro urbano y, al pasar por delante de un establecimiento, ve su imagen en el televisor, se siente actor y piensa lo feliz que sería, mientras cientos de cámaras le graban el paseo. Nos van acostumbrando a un continuo cacheo en aeropuertos, estaciones de ferrocarril, sucursales bancarias y dependencias públicas. Nos parece normal: hay tanto cabrón suelto; y entendemos que, cada dos por tres, nos irradien en un escáner o que, a bordo de un tren de cuarta clase, siempre haya un helicóptero, como un moscardón, revoloteando a tu alrededor. Y crees que es necesario, lo es. Y te sientes seguro y acaso lo estás. Y te callas y otorgas y hasta aplaudes, convencido de la bondad de tamaño despliegue y la importancia de tu sacrificio.    
Las costumbres, no obstante, hacen leyes, como reza un antiguo refrán. Y más de uno tememos que, pasado el peligro, si es que pasa, sigamos vigilados, observados, cacheados. En suma, controlados. Y que ahora, a hurtadillas, entre unos y otros, nos estén desmontando la libertad.    
   
© Del texto y la imagen:
    Domingo F. Faílde, 2010