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23 de junio de 2007

El apátrida

Uno de los momentos más brillantes de aquella gran película que era y es Casablanca tiene lugar cuando el agente nazi pregunta al personaje encarnado por Humphrey Bogart: ¿Cuál es su patria? A lo que respondió: Soy borracho, con una sobrecogedora frialdad.
Yo, también. Y no porque trasiegue más de dos o tres copas ni, más allá del vino con su tapa correspondiente, me entusiasmen los caldos de alambique ni esa atroz, nauseabunda y espuria colonización que es el güisqui, sino porque, acodado en la barra, me siento en un espacio simbólico, habitado por miles, millones de seres humanos, que beben, día a día, el licor del fracaso, el aguardiente de la derrota, el cubalibre amargo de la desolación.
Soy borracho, a mi modo. Un hombre sin raíces, que vino a las tinieblas de un país desangrado e inhóspito en un pueblo, el más triste, de Jaén, que, antes de convertirse, por obra y gracia de los listillos de la nueva clase política, en paraíso interior, era por la de Dios y el caudillo Santo Reino, a saber por qué. Luego, cuando busqué mi sitio, muchos me hubieron por testigo incómodo y tuve que largarme en el último tren de Gum Hill a la salada claridad de Alberti, donde aún sobrevivo. Así que, sin medalas que ponerme, sin poder ni moneda de trueque, Jaén me considera un fugitivo y Cádiz un intruso.
No soy de aquí ni de allí, como dice la copla. Y, si no se lo creen, pregúntenselo a los antólogos de aquí y acullá, especialistas en desapariciones. Soy un missing de la literatura, el poeta desconocido en cuya tumba nadie pondrá flores, al son de un himno nacional que, con letra o sin ella, nunca logró conmoverme.
Así, exiliado en mi propio pasaporte de donnadie europeo, creo, con Félix Grande –aunque la idea no es suya- que la patria del hombre es el lenguaje y el cuerpo de la mujer a quien ama. No está mal la definición y, en todo caso, resulta mucho más acogedora que aquella unidad de destino en lo universal, que mandó a media España a la fosa común. No, claro que no; mi reino no es de este mundo ni yo pertenezco a otro reino que el salario de cada mes. Mi patria es mi salario. El cortijo, defiéndanlo los perros.     


© Del texto: Domingo F. Faílde. Jerez, junio, 2007     
© De la imagen: Fram Ramírez, 2004

9 de junio de 2007

La carrera del tiempo

La verdad: entra vértigo. En la vida de un hombre, la experiencia del tiempo depende de la edad y, al cabo de los años, que desde el medio siglo se suceden con apresuramiento, uno recuerda el paso de las horas, lentísimo, en la enorme llanura de la infancia, tan grande que una década se nos antoja la eternidad. Como en una carrera deportiva, se acelera al final, y digo yo si no ocurre lo mismo con la especie. La prehistoria, ese lapso que cabe en unas páginas y despachan los planes de estudio en unas pocas líneas, duró miles y miles de años, en cuyo devenir –a juzgar por las huellas de los protagonistas- nada debió ocurrir, sino eso: la vida; comer, crecer, multiplicarse y salir de este mundo mezquino con absoluta naturalidad. Sobrevivir, en definitiva. Lo importante era el grupo. La noción de individuo es producto de la cultura.
Entristece bastante pensar a tanta gente bajo una simple denominación de origen. Decimos, en efecto, Neandertal u Homo Sapiens y hacemos tabla rasa de miles de personas y otras tantas historias personales, dramas, tragedias, epopeyas o pequeños sainetes entrañables, que han dejado tan sólo un puñado de huesos, unos cuantos cacharros y el cuenco de las tumbas como únicas señas de identidad. ¿No sufrieron? ¿No amaron? ¿No se les helarían las arterias contemplando el amanecer? ¿No sintieron terror ante la muerte? ¿No mostraron ternura ante la sonrisa de sus cachorros? Sin embargo, a nosotros, nos importan sus hachas, las puntas de sus flechas, el rescoldo apagado de sus hogueras y el extraño sentido de sus pinturas, para dar testimonio del progreso y ponernos a salvo de la barbarie.
Cuando, al fin, aparece la escritura, puede el hombre firmar, certificarse, proyectar su existencia al espacio y el tiempo; y su nombre, que ya no es Neandertal ni Homo Sapiens, sino Adán o Jacob, Aquiles o Casandra, Livia, Adriano, Antinoo, Ginebra..., se hace presente en cada generación, para seguir su tránsito por la esfera armilar, adalides de un séquito que crece, día a día –ya lo dijo Yaveh-, “como las arenas del mar y las estrellas del cielo”.
Pasa el tiempo deprisa, impulsado tal vez por esas ciencias “que hoy adelantan una barbaridad”. Así, a un avance, le sucede otro, y no hay nada detrás sino un avance nuevo, otro descubrimiento que, mañana, quedará superado, insepulto quizás en la memoria que no tiene laureles para tantos y por ello retorna al pasado, es decir, al olvido, a esa vieja cultura sin nombres que ahora son pasto de la Escuela Equis, el Movimiento Ygriega, la Generación Zeta. Y se hace, en efecto “camino al andar”, vertiginosamente, con una rara prisa que nos induce a quemar las naves, nuestra única nave espacial, como si un nuevo puerto vislumbrásemos, una tierra mejor y hospitalaria o la vieja Utopía que soñó Tomás Moro.
Conociendo, no obstante, al personal, y contemplando el sesgo de las cosas, el futuro es tan sólo una incógnita incierta y una desazonada, razonable inquietud.     


© Del texto y la imagen:     
Domingo F. Faílde. Jerez, 2007.-

26 de mayo de 2007

Monsergas urbanas

Conforta todavía y mientras dure madrugar los domingos, echarse cualquier ropa sobre el cuerpo y, evitando las zonas de más intenso tráfico, llegar al corazón de la ciudad, mientras duermen sus habitantes y un razonable silencio se instala en el ambiente. A esas horas, que la indolencia de los trasnochadores ensancha, es un lujo para el espíritu sentarse en un banco de cualquier plaza y poner, simplemente, el oído: el canto de los pájaros, el tenue chapoteo de la lluvia, las pisadas cansinas de algún vagabundo o la sonajería de la iglesia más próxima componen una estampa sonora como recién sacada del túnel del tiempo o un poema de Juan Ramón.
Resulta terapéutico, en efecto, y uno recuerda edades que no fueron mejores salvo en la juventud, la pobre loba muerta que cantara Machado, y esa extraña manía de los mayores de mirar hacia atrás. El mundo, en cualquier caso, mostraba unas facciones más amables, resistiéndose a prescindir de la madre naturaleza o lustrando el progreso con un aura romántica que tomaba las calles por asalto e imprimía al entorno elegancia y singularidad: Madrid era Madrid, imposible ser otra, y, apiñada detrás de la Puerta de Tierra, Cádiz iba de sí, y otro tanto Jerez o Sevilla o Segovia, mientras lucía Paris sus galas exclusivas, Estambul la algazara de sus bazares o Venecia el donaire de las góndolas. Las ciudades, con árbol genealógico, mostraban sus blasones, orgullosas, en los detalles mínimos: la verja de un jardín, los herrajes de las farolas, el adoquinado de las aceras, la pizarra de las techumbres, la presencia de gatos callejeros, el olor que desprenden los hogares o las lánguidas notas de los músicos ambulantes, por no entrar en materia de costumbres ni asuntos más prolijos.
Era posible entonces pasear por un parque, pisando un tapiz de hojas secas, o mirar hacia arriba y admirar la alta bóveda de los árboles, como una agreste catedral, en medio de un airoso entramado de casas, a medida del hombre cuanto a imagen y semejanza de una cultura armónica que ignoraba las prisas, la competencia desenfrenada, la inhumana depredación. Ciudades, ay, que fueron dando paso a hacinamientos de especulación, avenidas despersonalizadas, barrios clónicos, ambiente homologado, anonimato, que igualan a Madrid con Barcelona, a Algeciras con Cartagena, a Lepe con Paris, tamaño aparte. Y es que el mundo global, como los negros de García Lorca, se ha puesto un uniforme de conserje y anda abriéndole puertas al dinero, inclinándose, reverente, al paso de la Bestia.
Ni góndolas ni carros ni pregones ni un mustio acordeón que acomode los besos subrepticios. Las ciudades de hoy suenan a alarma, a sirena de vehículo policial o ambulancia, a urgencia de bomberos; y si, a veces, asoma la música, es para derramarse de los coches como una conserva podrida de su lata, sin gracia ni ternura, imponiendo su ritmo machacón al viandante, que acepta un ruido más en esta feria insulsa y va de tenderete en tenderete, intentando sobrevivir a la algarabía. El compás de las horas lo marcan los cuarenta principales. No se vive: se compra y se vende. Ha adquirido una empresa la Torre de Babel.     


© Del texto y la imagen:     
Domingo F. Faílde. Jerez, 2007.-

13 de marzo de 2007

¿Quién ganará en poesía? Comentarios en torno al Premio Andaluz de la Crítica

El próximo domingo, 18 de marzo, se fallarán en Arcos de la Frontera los premios de la crítica andaluza en su XIII edición. Siguiendo la costumbre, los responsables de la entidad convocante harán publica entonces la resolución del jurado y, un año más, la suerte estará echada y metida en salmuera.
Como es habitual, corren dimes, diretes, rumores y estruendos que, con dispar perspicacia e idéntica malicia, subrayan lo evidente, hacen cábalas y rellenan quinielas acerca de una lista que el inefable Secretario General de la Asociación Andaluza de Escritores y Críticos Literarios ha pergeñado a su estilo, es decir, con total ignorancia del protocolo que, alejando sospechas y agravios comparativos, aconseja el recurso al orden alfabético. A no ser, claro está, que la posición en la tabla dependa de los votos obtenidos por cada libro, en cuyo caso se estaría mediatizando al jurado, o de las simpatías personales del Sr. Secretario, eso sí, con una excepción: la de Julio Asencio, que porta injustamente el farolillo rojo, tal vez para ocultar una incómoda circunstancia; y es que “Tierra de Nadie”, la colección que acoge su libro, es el sello editorial de don José Ruiz Mata, que se convierte así en juez y parte. Y digo yo: si, en años anteriores, se excluyó “El monte trémulo”, de Dolors Alberola, por ser la prometida del autor de este artículo, a la sazón jurado del premio de poesía, a quien, por otra parte, se deniega el derecho a ser votado, por su condición de jurado en anteriores convocatorias, ¿no sería de lógica y decencia excluir a poetas publicados por el Secretario General de la AAECL, presuntamente miembro del jurado de esta XIII edición?
Mas, minucias aparte, las apuestas apuntan a dos pesos pesados, el archipremiadísimo Pablo García Baena –un poeta excelente, en cualquier caso- y Ángel García López, alma mater del Tiflos, un premio que, al cambiar de editor, se ha convertido en objeto de la codicia de muchos. En fin, que entre Garcías anda el juego. Debe de ser un karma.
Para que nada falte, hay quien da por seguro que el premio a la mejor ópera prima irá a parar a manos de Mauricio Gil Cano, director literario de EH Editores. Ignoran las malas lenguas que el autor de “Declaración de un vencido” es poeta veterano, con un libro de versos en su haber, “Del soneto al cómic”. Así que proyectil al agua.
Faltan muy pocos días para que las incógnitas se despejen. Ya veremos quién sale bajo palio. Que Dios reparta suerte y que gane el mejor.      


© Domingo F. Faílde . Jerez, 2007

26 de febrero de 2007

Historias que me cuentan

Juan Editor pide, un día, al poeta que le envíe unos libros. Ya lo sé: esa conducta me parece del todo inusual, entre otras razones porque a los editores no suele interesarles si, al margen de su sello, existe vida o no para sus autores. El poeta, no obstante -Juan Poeta, para el lector, a partir de ahora mismo-, es en cierta manera conocido, pues ganó hace una década un premio convocado para inyectar pesetas a don Juan y éste, comprometido con la cultura como todo el que quiere dar esquinazo al fisco, publicó sepa el Cielo la cantidad de ejemplares y del resto jamás se supo, lo cual, pese a quien pese, constituye una práctica honorable, pues en el mundo de las finanzas el fin justifica los medios. ¿O no?
Y el pobre Juan Poeta, tan poco acostumbrado a galardones -los premios importantes o no tanto acostumbra ganarlos gente descomunal y soberbia, como decía don Alonso Quijano-, recibió una docena de copias impresas y, en su afán de llegar a la crítica, invirtió una pequeña fortuna en adquirir sus libros, unos cuantos, para hacerlos llegar a éste, ése o aquél, a cambio de una breve reseña en los suplementos del ramo o un voto, llegado el caso, para posarse en el Nacional de Literatura, con bula y venia de don García y demás familiares del Santo Oficio.
Tuvo suerte, carajo, y no porque le dieran el Cervantes -que imagino andará comprometido hasta el año 3000- sino porque su obra gustó a muchos y empezó a prodigarse por las antologías, las lecturas del Centro de Management Literario y el santísimo Sursumcorda. Pero Juan Editor no quiso saber nada y prefirió negar a Juan Poeta hasta que el gallo cantó tres veces, hasta que treinta gallos cantaron trescientas veces, hasta que trescientas veces todos los gallos del Universo cantaron otras tantas la biempagá, no le fuera a salir con demasías y crearle problemas. Así que se mantuvo distante y altanero, cobrando a precio de mercado más iva los ejemplares que Juan Poeta pedía de tarde en tarde, por aquello de sostener el negocio que, contra toda apariencia o veleidad, es, por bien de la lírica, crudamente prosaico, ay, ¡quién entiende tamaña contradicción!
Y el pobre Juan Poeta, más ídem que una rata, siguió ninguneado, ignorado hasta las cachas por el ogro del cuento. Sin embargo, una tarde, melancólico y cabizbajo, tras el adverso fallo de otro premio, que ganó el primo del promotor, recibió una llamada telefónica. No se trataba de coger un taxi. Un amigo, al otro lado del satélite, le acercaba noticias de Juan Editor, que, ¿sabes?, está interesado en tu obra y no para de lamentarse de tu abandono, pues no le mandas tus libros -más de doce, a la sazón-, y así no puede seguir tu trayectoria. Y, malhaya, responde Juan Poeta, ¿por qué coño yo debo regalarle mis libros, si él me los cobra cuando se los pido?
Juan Poeta no sabe, no contesta. Es un iluso, un indocumentado, y no tiene ni idea de las cosas. ¿Cómo vas a cobrarle tus libros?, le dice el amigacho y le explica la suerte que tiene y que debe sentirse pagado con el interés de don Juan. O sea, que le mandes tus libros, desgraciado, y te hace un favor al pedírtelos.
Juan Poeta escudriña sus estantes. Éste, ése, aquél y el otro de más allá. Setenta euros de los de ahora, amén los cuatro o cinco del correo. Una pasta, sí señor, a cambio de ni se sabe. Y mi amigo resopla sobre las empolvadas cubiertas y retira las últimas motas con el suave ademán de una caricia. ¡Cuánta nota becqueriana en esas ramas de papel impreso! Con su mano de nieve -becqueriana, para variar-, envuelve, cuidadoso, los ejemplares y, cerrado el envío, adhiere la etiqueta: Don Juan Editor, calle tal, número tal, código, población, y certificado.

No sabe bien por qué, pero le consta que el paquete descansa en algún almacén, en espera de la casualidad. Antes, un secretario con contrato basura le remitió un impreso: Hemos recibido su/s libro/s, que leeremos con el mayor interés.       

© Domingo F. Faílde. Jerez, 2007

7 de febrero de 2007

En butaca ajena

ÉSE es aquel que ayer no más decía: a) que el hombre de la butaca era un poeta malísimo, deleznable, lo peor de lo peor; b) que el hombre de la butaca era un capo mafioso, un comisario de la cultura, un nefasto gestor; c) que el hombre de la butaca trabajaba tan sólo para sí y sus amigos, ignorando a los demás, ninguneándolos; d) que el hombre de la butaca le había puesto los puntos, sacándole a la luz una edición vergonzante, fuera de colección; e) que el hombre de la butaca, bla... bla... bla..., el verso azul y la canción profana. Porque la vida, como dijo alguien, es trágicamente seria y, ya se sabe, Dios los cría y ellos se juntan, hoy por ti y mañana por mí. París bien vale una misa. Lo que es bueno para mí es bueno para todos. Après-moi, le deluge, ya se sabe. Ay, coherencia, coherencia, cuántos crímenes se cometen en tu nombre. Cosas veredes, amigo Sancho.
Ayer se dieron el pico, la mano, la alternativa. Leyeron, hablaron, comieron, bebieron. A los postres, como buenos hermanos, decidieron repartirse el pastel. En una viga, al fondo, el Iscariote se balanceaba.       


© Domingo F. Faílde. Jerez, 2007.-

25 de enero de 2007

El Minotauro

Tengo un enemigo en Jerez. Atrincherado en el heterónimo de La Perra, actúa como un hijo de tal madre y, si no me ando listo, me llena de cagadas este blog: tonterías, aquellos viejos rótulos -Juanito maricón, Pepe tonto-, que cualquier soplagaitas grababa en los pupitres, quizá porque el primero sacó un 10 en literatura o el segundo le había pisado la novia; ya digo, estupideces, que si soy viejo y feo, que hay que ver lo mal que escribo, que soy mala persona y que coja mis bártulos y me vaya a Algeciras. Eso dice el barbián, que no tiene un tortazo bien dado en su faz garbancera, mientras sueña que el campo está libre y se queda con todos los pastos, ¡qué listo!
No contento con esto, amenaza en un blog, que abrió ex profeso como lanzadera de su mala baba (aunque se le olvidaran las huellas y el IP), con seguir dando caña, sin duda acostumbrado a cagar en lo oscuro como buen moscardón. Y es que el tipo, corniveleto, ya que no bragado, acomete con todas las armas de un cobarde y, falto de razón o cargado, más bien, de sinrazones, lloriquea su falsa adversidad, insulta, difama, descalifica, conspira, usa su escasa fuerza en ningunear y espera conseguir con míseras propinas las lealtades perrunas que sólo sus iguales podrían alentar.
No voy a dedicarle más espacio, pero ándese con ojo. Cuando se va de farra por el infierno, se dicen muchas cosas y uno termina por hacerse esclavo de sus propias palabras. Yo soy dueño de mis silencios... Pero, ay, como estallen...       


© Del texto y la imagen:    
Domingo F. Faílde. Jerez, 2007.-